Apagué el celular por 48 horas y me enfrenté al silencio, al aburrimiento… y a una calma que ya había olvidado. Esto fue lo que pasó.
Viví 48 horas sin redes sociales y aunque parezca poco, fue una experiencia intensa. No hice un detox digital por moda ni como parte de ningún desafío viral. Fue más un “ya no doy más”. Me sentía saturada de estímulos, comparaciones, notificaciones, y decidí apagar todo por dos días. Literal: saqué el chip, dejé el celular en modo avión y me propuse ver qué pasaba con mi cabeza… y mi cuerpo.
El primer día fue incómodo. Me descubrí con el gesto automático de agarrar el celular más de veinte veces. Para chequear nada. Para «ver si pasó algo». Me sentí vacía, ansiosa, como si estuviera desconectada del mundo. Pero también empecé a notar otras cosas: el sonido del viento en el patio, lo bien que huele el café cuando no estás scrolleando mientras lo tomas, el tiempo que tenía para hacer lo que venía posponiendo.
Apagar el celular no es solo desconectarte del mundo digital: es reconectar con lo que pasa dentro tuyo, sin ruido externo.
La segunda jornada fue distinta. Mi mente bajó unas revoluciones. Es como si algo se hubiese acomodado. Pude leer sin que me picara la mano para ver TikTok. Cociné escuchando música sin mirar la pantalla. Dormí mejor. Hasta las charlas fueron distintas: más largas, sin interrupciones. Me di cuenta de que extrañaba ese ritmo más humano.
No vengo a romantizar el aislamiento digital eterno. No quiero irme a vivir al bosque ni volver a la época del SMS. Pero estas 48 horas sin redes sociales me hicieron ver lo dependientes que nos volvimos de estar “al tanto” de todo. Y cuánto más liviana se siente la cabeza cuando la dejamos respirar.
¿Lo recomiendo? Sí. Aunque sea un día. Aunque sea una tarde. Porque cuando apagás el celular, pasan cosas. Y la mayoría están más buenas de lo que pensás.

